Una de las primeras cosas que Jesús hizo después de resucitar fue ir al encuentro de los discípulos que le habían fallado sobremanera. "Al atardecer de aquel primer día de la semana, estando reunidos los discípulos a puerta cerrada por temor a los judíos, entró Jesús y poniéndose en medio de ellos los saludó. '¡La paz sea con vosotros!'. Dicho esto les mostró las manos y el costado. Al ver al Señor, los discípulos se alegraron. '¡La paz sea con vosotros!' repitió Jesús. Como el Padre me envió a mí, sí yo os envío a vosotros" . En el grupo estaba Pedro, que había caminado sobre las aguas, que con sus manos había repartido comida milagrosa a cinco mil hambrientos y que había sido testigo de la aparición de Moisés y Elías junto a Jesús en el monte de la Trasfiguración.
El magnífico osado y valentón Pedro, quién afirmó que aunque le costara la muerte nunca negaría a Jesús no fue el único. "Todos los discípulos dijeron lo mismo". Nos consta que "Todos los discípulos lo abandonaron y huyeron" . San Juan, San Andrés y Santiago, todos ellos representados en vidrieras de iglesias de todo el mundo, abandonaron a Jesús cuando más los necesitaba. No obstante, cuando resucitó no se lo echó nunca en cara. En su lugar, "les mostró las heridas de sus manos y de su costado". ¿Por qué? Para hacerles saber que los amaba a pesar de haberle fallado. En lugar de renegar de ellos, Jesús les instruyó: "Como el Padre me envió a mi, así yo os envio a vosotros". Y hoy Él te dice lo mismo.
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